viernes, 27 de diciembre de 2013

Lo que una malformación cuesta a la sociedad. Preguntas muy claras.

Teoría de juegos...
En otros tiempos, si hablabas de esto, eras un nazi. Ahora, si no hablas, eres un pepero que apoya a Gallardón. La vida da muchas vueltas, a lo que parece.

Quizás, visto lo visto, lo mejor sea intentar abordar el asunto con objetividad, sin tintes ideológicos, o al menos sin tintes partidistas.

Estar embarazada y enterarte de que el niño padece una malformación es una desgracia. Yo creo que eso no lo niega nadie. La pregunta que nos hacemos en realidad es si se puede obligar a alguien a cargar con una desgracia para toda la vida o se le debe permitir poner los medios para deshacerse de ella. Es así de crudo y así de fácil, sin edulcorantes ni suavizantes.

Y lo que molesta del asunto, al menos a mí, es que la respuesta nunca es clara, ni por el lado de izquierda ni por la derecha. No hay nadie que se atreva a responder a esa simple, simplísima pregunta.

Por el lado de la izquierda, y con muy buenas razones, se nos dice que la decisión debe ser de la madre, y que negarse a soportar esa carga es perfectamente legítimo. Y seguramente tienen razón. ¿Pero lo es también cuando la carga sobreviene más tarde? Porque a mí lo que no me convence es lo de los plazos. 

¿Tienes unos padres la obligación de cargar con ese trabajo para siempre? La respuesta es sí o no, pero tanto si la malformación se detecta antes de que el niño nazca como si se detecta después. Lo demás son hipocresías y tachuelas para sujetar malamente un cartel que no hay manera de pegar. ¿Pueden decir los padres que ya están hartos, que no lo soportan más, y que entregan el niño a una institución? Respondamos claramente y listos.

Desde la derecha, en cambio, nos dicen que hay que apechugar, que hay que aguantarse y cargar con lo que venga. Muy bien, pero resulta que los recursos son escasos y que lo que gastemos ahí lo tendremos que quitar de tratamientos para los demás. ¿Estamos de acuerdo?

Una persona con una malformación grave tiene un coste enorme para la sociedad, para sí mismo y para su entorno: dependencia, tratamientos, atención, educación especializada, etc. ¿tenemos todos, como sociedad, la obligación de sobrellevar esa carga? Es fácil: sí o no. Sólo hay que atreverse y responder.

Hay que aclararse: o somos como los espartanos, que tiraban a los "defectuosos" por un precipicio, o no lo somos. Si no lo somos, hay que actuar en consecuencia, y si lo somos, hay que tener claro que detrás de los niños pueden ir los viejos, los inválidos y todos los que supongan una "desgracia".

Y la decisión la toma, por supuesto, el que carga con el coste. En el caso del aborto, la madre. En el caso del viejo, el que lo cuida. Y si va a cargar con el mochuelo el Estado, que decida el Estado. Lo único que no se puede permitir es que uno tome la decisión y otro asuma el coste. Si el Estado obliga a tener un niño con problemas, que lo cuide y se ocupe de él. Si te avisan y lo quieres tener, te ocupas tú. Facilito todo.


Sin  tonterías: ¿queremos eso o no? Ya está bien de marear la perdiz.




domingo, 27 de octubre de 2013

Cuando el que pide algo consigue lo que quiere, ¿deja de pedir?

Últimamente asisto al auge de una lógica extraña: la idea de que el independentismo se reduce haciendo concesiones.

En principio no entro a discutir las razones del independentismo ni las del unionismo. No es momento y ya voy un poco cansado del tema, y más aún de que alguien trate de imponerme una agenda de debate. Imponer los ritmos, las agendas y los tiempos es una forma de dominio que no estoy dispuesto a permitir, ni a este tema ni mucho menos al Gobierno, con sus cortinas de humo.

Lo que tengo claro, en cualquier tipo de negociación, sea esta personal, política, laboral o deportiva, es que las concesiones no detienen la reivindicación sino que la alimentan, generando una mecánica perversa de incentivos y frustraciones.

He tenido perros y he tenido niños y, de veras, les juro que el trato respetuoso no se consigue haciendo caso a las peticiones por el simple hecho de que surjan, sino negociándolas en forma de "quieres algo y das algo a cambio". Una concesión unilateral, de lo que sea, se interpreta la mayoría de las veces como una muestra de debilidad de quien concede y es una invitación a repetir, a reiterar y a recrudecer las peticiones para el futuro, apoyándolas en ese precedente. Y es normal: si ya funcionó una vez, ¿por qué no va a funcionar de nuevo? O aún peor, si pidiendo puedes ganar algo pero no vas a perder nada, ¿a qué esperamos para pedir?

Por todo ello, siempre he creído que la raíz de la mendicidad, y me refiero a la mendicidad organizada como delito, y no a la pobreza extrema no tiene su origen en las mafias que emplean niños como mendigos forzados, sino en la gente que da limosna a alguien que lleva un niño dormido en brazos.

Y en el resto de las cuestiones pasa más o menos lo mismo. Por ello, y como regla general, creo que cualquier petición que no implique un coste en sí misma, debe ser rechazada. Aunque sólo sea pro aquello de exigir una mínima seriedad y escapar de la mecánica del "si cuela, cuela".

Creo que lo correcto es "si cuela, cuela; pero si no cuela, pringas". Robar carteras o salir de ligue funciona así, más o menos, ¿no?

martes, 22 de octubre de 2013

La encerrona de los números gordos

Tranquilos que no voy a hablar de marcianos. Os lo juro. Quizás al comenzar a leer cuando entre en el tema pueda parecerlo, pero doy mi palabra de que no es así. No soy tan friki.

Quiero hablar solamente de que a veces nos burlamos de esas tribus africanas donde su sistema de numeración consta de cuatro cifras (uno, dos, tres y muchos), y nosotros, en realidad, nos perdemos también con toda nuestra ciencia y toda nuestra lógica en el manejo de número grandes.

Porque lo cierto es que a partir de ciertas cantidades no distinguimos las variaciones. Un ejemplo típico son las manifestaciones, donde la diferencia entre cien mil y trescientos mil asistentes es una cuestión de las fuentes que se manejen. O al calcular el peso de una roca, que damos igualmente por bueno si decimos que pesa ochenta toneladas que si decimos que pesa trescientas. Simplemente sabemos que pesa MUCHO y no somos capaces de concretar más.

En ese sentido, hay un dato curioso respecto a la gran pirámide de Keops que muy rara vez se menciona y que nos sirve perfectamente para combinar dos MUCHOS. El de muchas piedras y mucho tiempo, y que si se para uno a verlo de cerca salta a la vista que algo falla. Lo explico, sin marcianos y sin chorradas.

Según la Wikipedia, y otras muchas fuentes, la gran pirámide de Keops está formada por alrededor de 2.300.000 bloques de piedra. Según estas mismas fuentes, el peso medio de cada piedra es de dos toneladas y media, aunque hay bloques de más de sesenta toneladas.

Tranquilos, que no voy a volver al viejo tema de cómo las pusieron allí.

Según las fuentes de la antigüedad, se tardó veinte años en construirla, y según fuentes más modernas, veintitrés años, que es los que duró el reinado del emperador Keops, o Jufu, como se le llama actualmente. Vale.

O sea que son muchas piedras puestas en mucho tiempo. Vale.

¿Y si echamos un vistazo a las cifras?

Un minuto, son sesenta segundos. Una hora, son 3600 segundos. Un día son 86400 segundos. Un año, entonces, son aproximadamente 31.536.000 segundos. Por lo tanto, 23 años son alrededor de 725 millones de segundos. Si dividimos estos segundos por el número de pedruscos gigantescos, nos sale que hay que poner una piedra cada cinco minutos y quince segundos, y eso trabajando veinticuatro horas al día, todos los días del año, cuando sabemos que de noche no se solía trabajar.

¿De veras creemos que ponían uno de esos mastodontes cada cinco minutos? Todos los ingenieros con los que he hablado me dicen que ni de puñetera coña, sobre todo si hay que ajustarlas hasta la precisión con que están allí ajustadas.

Por lo tanto, como las piedras son las que son, hay que pensar que el tiempo lo hemos calculado mal y que a lo mejor se empezó mucho antes o se acabó mucho después de lo que se dice.

Esa, me parece, es la lección que tenemos que extraer para calcular los asistentes a una manifestación o las cifras que nos da el Gobierno en los presupuestos. Detenerse, convertir los números grandes en pequeños, y ver si cuadran.

Cuando el Gobierno da las cifras de ingresos de la Seguridad Social, ¿a alguien se le ha ocurrido, por ejemplo, dividirlas entre el número de cotizantes y ver a cuánto sale? Pues eso...


sábado, 12 de octubre de 2013

Lo que el comercio tradicional no entiende

Siempre hubo dos clases de comercios: los que trataban de vender mucho, y barato, y los que vendían más caro, sabiendo que venderían menos, pero se orientaban a productos muy determinados, con un trato muy esmerado hacia el cliente.

En unas ocasiones funcionaba mejor un modelo y en otras el otro, pero cada cual elegía el que mejor se adecuaba a su carácter, su mercado, y por qué no decirlo, al tamaño de su almacén.

El problema ha llegado cuando el pequeño comercio (y a veces el no tan pequeño), que conoce perfectamente esta disyuntiva, ha visto cambiar las condiciones del mercado y no se ha preguntado por las razones últimas de esta elección, o peor aún por las razones últimas pro las que el comercio es importante.

¿Qué es lo que aporta el comercio?

El comercio, en resumen, acerca al consumidor una serie de productos, dándolos a conocer y haciéndolos accesibles, de modo que ahorra tiempo, dinero y esfuerzo a quien entra por la puerta de la tienda respecto a quien nunca ha sudo cliente. Esa es la razón fundamental de la existencia del comercio.

En efecto: si para comprar un martillo tenemos que buscar al fabricante, desplazarnos hasta su fábrica y elegir  entre todos los modelos fabricados el que más nos conviene, el coste sería brutal. Por no hablar ya de  un programa informático u otros productos más complejos.

¿Pero qué ha sucedido en la actualidad? Vayamos paso a paso.

-Cercanía al consumidor: el comercio tradicional, en muchos casos, ya no está más cerca del consumidor que el comercio electrónico. Es el cliente el que debe acercarse al comercio tradicional mientras que el comercio electrónico acerca a casa del cliente los productos.  Esto puede ser particularmente importante en ciertos productos pesados o voluminosos. Y es importante en general en un mundo en el que los horarios de trabajo no están pensados en absoluto para dejar tiempo libre a la gente. El comercio tradicional ha perdido aquí una baza, y debe pensarlo.

-Dar a conocer el producto: Los canales de comunicación son tan amplios que rara vez nos enteramos en el comercio de la existencia de un producto. El producto lo vemos en otros sitio, nos habla otra gente de él, o lo vemos en funcionamiento ANTES de acudir al comercio. El comercio tradicional pierde aquí otra baza, con lo que debería pensar en qué clase de productos conserva aún esta ventaja para centrarse en ellos.

-Accesibilidad: Sucede algo similar al caso de la cercanía. Todo lo que puedes comprar en una tienda te lo pueden enviar por mensajero o por correo, con el añadido de que si vives en un pueblo no tienes que desplazarte para comprarlo. Se desplaza el producto.

-Ahorro : Estamos en lo mismo. El comercio tradicional sólo puede mantenerse en aquellos productos en que ofrezca un ahorro de tiempo o dinero al consumidor. Y esto es realmente complejo, porque es muy difícil ofrecer ahorro de tiempo frente a un sistema donde no hay colas, ni esperas, ni desplazamientos. Del mismo modo, es casi imposible ofrecer un ahorro de dinero frente a un sistema centralizado, con un solo almacén, que aprovecha todas las sinergias y las economías de escala del gran distribuidor.  

Cuando el comercio tradicional entienda que estas eran buena parte de sus ventajas y las ha perdido, podrá reinventarse y subsistir. Mientras no lo haga, será un cadáver agonizante.

De las bazas que le quedan a su favor, y que debe explotar el comercio tradicional, hablamos en otro artículo. 


miércoles, 9 de octubre de 2013

El error de subvencionar algunos productos, en vez de subvencionar a algunas personas

Explica Tim Hardford en su obra "el economista camuflado" que en un típico invierno, mueren en Gran Bretaña veinticinco mil ancianos por causa de una insuficiente calefacción. Esta cifra es una auténtica barbaridad, pero ningún noticiario parece dedicarle el tiempo que se le dedicó, por ejemplo, a la última plaga de gripe aunque causara muchas menos víctimas..

El caso es que el gobierno inglés, para paliar esta situación, bajó los impuestos sobre el combustible doméstico. Esto es un error. ¿Y por qué? ¿Porque odiamos a los pobres viejos tiritantes? En absoluto.

El combustible hay que usarlo sí o sí, así que lo que hay que hacer si se quiere recaudar ( y contar con fondos para servicios) es subir los impuestos a ese combustible y con el importe obtenido subir también las pensiones de los ancianos. De ese modo, el impacto de la subida de los impuestos de los combustibles en los bolsillos de los pobres ancianos sería nulo, y no se estarían aprovechando de precios artificialmente bajo el resto de la población, incluidas empresas maravillosamente saneadas que pagan menos por el combustible alegando "que los pobres viejitos pasan frío".

Si los pobres abuelos pasan frío, démosles a los abuelos dinero para combustible, pero rebajar los impuestos a todos crea una enorme bolsa de beneficiarios que no tienen nada que ver con el problema que se pretende resolver.

Una vez recibido el dinero, los jubilados encontrarán su propio modo de emplearlo para vivir un poco mejor, ya sea encendiendo más la calefacción o largándose a Canarias los meses más duros. Con esto, se evitará el despilfarro de combustible (porque es más caro), se incentivará la instalación de aislantes y buenos cierres (porque el combustible es caro) y se evitará que quienes no tengan el problema se sumen al carro de los apesadumbrados para sacar tajada.

Las subvenciones, si se dan, tienen que ir siempre a las personas y nunca a los productos. De lo contrario, el fabricante obtiene una ventaja (lo que genera tentaciones de corrupción) y la sociedad un perjuicio (vía reducción de ingresos tributarios)

Cuestión de pensar un poco, vaya...